Los silencios de la memoria histórica

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Hace poco cayó en mis manos el relato de un hecho escalofriante, digno de animales en su ejecución. Lo escribió Juan Ramón Pérez Las Clotas y fue publicado en el diario La Nueva España en el año 2004

La desmemoria histórica que padecemos a causa de leyes torticeras creadas por los que más tienen que callar, debería refrescarse para describir sucesos horripilantes llevados a cabo por los rojos, antecesores de los que están actualmente instalados en España, aunque ahora con gustos burgueses.

El relato es el siguiente, y es imprescindible trasladarlo en su integridad, aunque existe alguna publicación más al respecto:

 Por Juan Ramón Pérez las Clotas

Publicado en “La Nueva España” en mayo de 2004

             Los amplios andenes de la madrileña estación de Atocha constituyen cada día, desde los terribles atentados del 11 de marzo, el escenario en el que con velas, flores y mensajes escritos, las gentes testimonian su homenaje a las víctimas. Esta conmovedora expresión de dolor colectivo no terminará, sin embargo, cuando se acaben los ecos de romería tan sentimental y entrañable. La ministra de Fomento, doña Magdalena Álvarez, ha anunciado ya la convocatoria de un concurso de ideas para la erección de un monumento, en el mismo recinto de la estación, «que perpetúe para siempre la memoria de las doscientas víctimas ¿Para siempre?

Tal pesimista interrogante no resulta gratuito, a poco que se considere la circunstancia de que nadie haya recordado, que se sepa, que uno de los más sangrientos episodios ocurridos en la guerra civil tuvo como escenario, precisamente, este mismo lugar, las proximidades de la estación de Atocha concretamente el conocido como el. Pozo del Tío Raimundo. Una lápida, olvidada desde hace muchos años en algún basurero del extrarradio madrileño, recordó durante algún tiempo que en la vía muerta de la estación de cercanías de Santa Catalina, el día 11de agosto de 1936, fueron asesinadas cerca de trescientas personas, encabezadas por el obispo de Jaén que ante e1 avance de1as columnas nacionales eran trasladadas desde Andalucía a las ergástulas madrileñas.

De tan terrible episodio existieron en su momento algunos testimonios personales de unos pocos sobrevivientes, que en el libro ya clásico «Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939» fueron recogidos por su autor, el sacerdote don Antonio Montero y Montero. El historiador, hoy obispo de Badajoz, transcribe, por ejemplo, la versión que sobre su desarrollo ofreció el que en aquella dramática jornada era jefe de la estación, don Luis López Muñoz, testigo del trágico espectáculo.

Explica don Luis que el tren en el que eran conducidos los detenidos llegó a Santa  Catalina alrededor de las once de la mañana de ese día 11 y que una turba de hombres y. mujeres colocados sobre las vías impidió la continuación del viaje. Tal tensa situación pareció resolverse con la presencia de guardias civiles y de asalto llegados de Madrid, pero su intento de apaciguamiento resultó infructuoso. Un viejo anarquista, apellidado Arellano, amigo personal del ministro de la Gobernación, señor Casares Quiroga, se puso en contacto telefónico con éste, al que informó de la situación. La respuesta, de inequívocas resonancias evangélicas, no se hizo esperar «Si ésa es la voluntad del pueblo, entonces que los entreguen». La extrema y claudicante decisión del ministro parece aún más inconcebible cuando se conoce que pocos días antes, exactamente el día 1 del mismo mes, el señor Casares Quiroga había dictado una disposición en virtud de la cual Ia Dirección General de Seguridad establecía la prohibición de los registros domiciliarios y de las detenciones arbitrarias, supuestamente incontrolados.

¿Qué inexplicables razones pueden abonar el hecho de que alguien como el ministro, un refinado miembro de la más ilustrada burguesía gallega, traicionase de tal forma sus más intimas convicciones ideológicas hasta el punto de hacer una aberrante identificación entre el pueblo, entendido en sus términos más amplios, y unas hordas de asesinos que hacían la guerra por su cuenta? Nos da una pista esclarecedora el embajador en Madrid de los EEUU, señor Power, cuya simpatía por el bando frentepopulista era notoria, cuando en sus interesantes memorias de aquel tiempo escribe: «Las autoridades no estaban en condiciones de oponerse a los extremistas y sobre todo al conglomerado humano que formaba los bajos fondos de las grandes ciudades. Su terror era el terror del hampa».

A partir del momento en el que los guardias civiles y los de asalto abandonan la estación, dejando el tren en poder de las turbas, éste fue conducido hasta una vía muerta en la dirección de Vallecas, en un lugar llamado entonces «la caseta del Río Raimundo», en donde los ocupantes fueron obligados a bajar. Colocados entonces en un repecho del terreno, en grupos sucesivos de unos veinte o veintiuno, tres ametralladoras colocadas sobre una altura acabarían con ellos. Aún hoy resulta difícil sustraerse al escalofrío que produce la lectura del final de las declaraciones del señor López Muñoz: «El hombre que mató al obispo, que había sido separado de los demás presos, lo hizo disparando una escopeta cargada de plomo, en tanto que su hermana Teresa era asesinada por una miliciana llamada Josefa Coso, conocida como “la Pecas”, que había pedido para sí tal privilegio». El obispo, don Manuel Basulto, tenía sesenta y seis años, y su hermana, que era la única mujer que figuraba en la expedición, unos años más.

Si puede sorprender que un suceso de tal magnitud no haya sido recordado ahora, como hubiera sido lo lógico, a poco que existiera la tan recurrida memora histórica, más sorprendente resulta que en su día no hayan dejado testimonio de él ni uno solo de los muchos corresponsales extranjeros, que sí se apresuraron entonces a dejar constancia de lo ocurrido en Badajoz y en Guernica, lugares que, por cierto, les cogían bastante más lejos. Bien es cierto que hoy ya se sabe que la mayoría de ellos, a los que apacentaba en sus correrías madrileñas el que sería magistral cronista de la defensa de Madrid Arturo Barea, redactaban sus crónicas entre los efluvios alcohólicos de los hoteles Gaylord y Florida y las opíparas comidas que les ofrecía el general Miaja, en tanto que el soviético Gorev, con la inestimable colaboración del coronel Rojo, dirigía de hecho la defensa de Madrid. (Testimonios de Castro Delgado, llya Ehremburg, I. G. Starinov, / Ovadeu Savich y Louis Fischer). Y por supuesto que también mantenían estrechos contactos con los terminales informativos soviéticos. De ello no se salva ni el propio Hemingway, tal como revela el hecho de que, presionado por los agentes comunistas, le negase su ayuda a su viejo camarada Jhon dos Pasos en la dramática búsqueda que éste hizo por las checas de Madrid de su traductor al español, secuestrado por los esbirros del SIM y del cual nunca más se supo.

No; no ha sido perdurable el recuerdo de las víctimas de lo que sin duda fue el primer tren de la muerte que circuló por las vías madrileñas, lo cual no deja de ser una triste lección sobre las reacciones, más neuróticas que emotivas, de los españoles. Dados antecedentes como éste, tan escasa mente ejemplares, sólo cabe hacer votos para que los mármoles sobre los que ahora se inscriban para memoria de generaciones venideras los nombres de las víctimas del terrorismo islamista no acaben como los que conmemoraban los de quienes les precedieron, setenta años antes, en el sacrificio, en un vertedero municipal.

 

Tras leer estos acontecimientos, solo nos queda despreciar a quienes no tienen el cuajo de reconocer estos asesinatos.

Y no lo tienen porque se ensuciarían sus manos, así como sus lustrosos trajes de Armani y sus zapatos Gucci, que llenos de inmundicia mancharían las brillantes alfombras de sus flamantes coches oficiales –que pagamos todos con nuestros impuestos-

Aunque no sé para qué tanto decoro, si la suciedad la llevan por dentro, como buenos bolcheviques que son.

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