El reciclaje, negocio redondo

 

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Recientemente acudí a un comercio a comprar unas bebidas. El envase era de cristal y me dijeron que me cobraban 20 céntimos más, que podría recuperar si llevaba el envase vacío. Así lo hice y me los devolvieron.

Recordé que cuando era pequeña, mi madre compraba algunos productos envasados en cristal y luego había que devolverlos al comercio para recuperar parte del importe abonado. Era una tarea más. Me parece un bonito y buen reciclaje; porque el consumidor asume su propia responsabilidad, recupera lo pagado y con ese grado de honradez que se ha perdido.

Vuelvo con las modas.

Esta vez le toca a la cultura del reciclaje. Otra moda impuesta por la propia sociedad consumista; sí, esta que promueve el consumo desaforado y, a la vez, alerta sobre ese mismo peligro.

El reciclaje es más viejo que andar a pie, pero no se utilizaba esa palabreja, se llamaba aprovechar. Y no hacía falta que se inculcara en la mente de las personas la obligación de preservar el medio ambiente y de procurar la sostenibilidad del planeta y demás mantras. Ni se pensaba que estaba destinado a evitar la desforestación del Amazonas o el deshielo de la Antártida.

Era un quehacer diario. Era pura economía familiar, de conciencia, de sentido común, images (5)existía la predisposición natural de no desprenderse de aquello que podía ser aprovechado, tanto en la alimentación –utilizando las sobras para cocinar nuevos platos-, como en el vestir –zurciendo o cosiendo nuevas prendas-, como breves ejemplos; ya no hablemos de la elaboración casera de muchos productos.

Todo este funcionamiento era sostenible hasta que a finales de los años 60 –la desgraciada época revolucionaria hippie y de todo tipo, porque se subieron muchos al carro- unos iluminados lanzan el mensaje de que se estaba contaminando el medio ambiente a causa de las sustancias químicas emanadas de los productos acumulados en vertederos no regulados y que se estaban agotando los recursos naturales de la Tierra, teniendo en cuenta el consumo por una,  cada vez más,  creciente población. Todo ello en clave malthusiana.

Y a finales de los años 80 surge el bombazo del reciclaje moderno, aprovechando las consignas ya implantadas en la sociedad.

Una sociedad a la que se le había abocado al consumo de productos de un solo uso, a descarga (8)la alimentación natural de zumos prefabricados, al agua envasada porque la del grifo no era fiable,  a la comida precocinada en envases de plástico, a los bricks del 3×2,  a las bebidas energéticas tras salir del gimnasio, etc. etc. Un consumo maquillado con las excelencias de los componentes de los productos industriales que aportan energía, vitaminas, control de peso y sensación de sentirse sano.

Así que se abandona el reciclaje casero porque se compra todo prefabricado y el ritmo de vida impide perder el tiempo en elaborar productos caseros ya que los hipermercados lo ofrecen todo hecho y envasado. Lo cual provoca un almacenamiento de basura en las viviendas que supera las expectativas.

De todo esto, surge el negocio del reciclaje, colgando de la publicidad del consumo que los propios recicladores fomentan:

  • Por un lado, todo producto lleva asociado un pequeño importe que paga el consumidor y que no le es devuelto si recicla el envase o el electrodoméstico.
  • Aumentan las tasas del impuesto de basuras que cobran las administraciones locales a los usuarios.
  • Los envases de los productos alimenticios son de un solo uso y los electrodomésticos y aparatos electrónicos se fabrican para un corto periodo de utilización, con la intención de que se precise el cambio cada cierto tiempo. ¿Cuántos años duraban los frigoríficos, televisores, que compraban nuestros padres o abuelos? ¿Cuántos años nos duran en la actualidad? Si la tecnología ha avanzado, ¿por qué se averían con más asiduidad o tienen un plazo de tiempo más corto de utilización? Para renovarlos, sin lugar a dudas. Y reciclar, vendiendo en el mercado negro las piezas sueltas y enriqueciéndose las mismas empresas fabricantes; de un lado cobran la tasa y por otro revenden el material ya cobrado. Nunca revierte en el consumidor.
  • Se obliga al usuario a tener en su vivienda recipientes para depositar la basura; unos cubos enormes, dobles o triples, que se venden en los comercios. Otro gasto que no recupera.
  • Contenedores municipales de todo tipo y color, que son comprados a empresas con las que se contrata el suministro mediante concurso de dudosa fiabilidad.

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Así que reciclar es un negocio, no una sensibilidad por el medio ambiente. Esto no preocupa a los dirigentes, ni a los ecologistas, ni a los expertos conferenciantes o escritores………Es ideológico, de control, por un interés recaudatorio. Todos navegan en el mismo barco.

Es un mantra que genera y mueve mucho, mucho dinero….para unos cuantos. Mientras otros les hacen el trabajo, que siempre será el situado en el último puesto de la escala económica: el consumidor timado. images (4)

Porque las mismas empresas que se dedican al reciclaje son las que fabrican los productos susceptibles de reciclar. Y si no coinciden, se alimentan unas de otras.

Y el consumidor paga por duplicado lo que él mismo envía a reciclar ya que le vuelve de nuevo para seguir pagando el sobreprecio. Una cadena de riqueza, en la que el burlado consumidor solo es utilizado para enriquecer a otros.

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