Es democracia, luego, es tiranía

Recientemente leí la noticia de que en un lugar de Kentucky, tras una denuncia anónima, la policía irrumpió en la vivienda de una familia que educaba a sus hijos en casa y se los llevó. ¡Confiscados como si fueran unos muebles en garantía de un embargo! La familia vive con medios de subsistencia propios, renunciando a las ayudas estatales.

Independientemente del fondo del asunto,  aunque no es una operación nueva ni aislada,  se suscita una cuestión radical sobre la intervención del estado en la vida privada familiar, -principio derivado de la Revolución francesa-: ¿hasta qué límite el estado –garante del bienestar del pueblo- se puede arrogar la competencia para decidir el tipo de educación y forma de vida que unos padres desean para sus hijos, siempre y cuando no causen perjuicio a terceros? Se hace además bajo la falsa excusa de que es por el bien del menor.

Deberíamos diferenciar entre enseñanza y educación. La enseñanza es el conocimiento práctico de las materias académicas; educación es la formación de la persona. El estado no distingue entre una y otra; utiliza la enseñanza como cuña para introducción de su educación. Y ahí es dónde se encuentra la colisión entre los derechos de los padres –responsables de la educación- y la iniciativa del estado en la enseñanza. Como el estado democrático es de naturaleza tiránica, lo resuelve obligando a los padres a acatar sus exigencias; se acabó la contradicción.

Asentado el intrusismo del estado en la educación, ya puede moverse a sus anchas en la legislación. Así, introduce en el código penal la manera de educar a un hijo, impidiendo a los padres que “un cachete a tiempo” pueda mostrar los límites del mal comportamiento del hijo en algunas circunstancias. Porque el estado no quiere cachetes, casi se podría decir que prefiere comportamientos libertinos en los menores para recogerlos en sus brazos y reconvertirlos en siervos del estado.

Pero hay excepciones –las permitidas por el estado, siempre y cuando sirva a sus intereses-:

Una de ellas, que ha tenido una gran repercusión mediática, ha sido la de la mujer negra que la emprende a golpetazos con su hijo adolescente, dándole una buena tunda –recogida en todas las redes sociales- por acudir a las revueltas de Baltimore. A esa mujer negra, Toya Graham, se le ha erigido en “madre coraje”. Las imágenes muestran claramente que no eran cachetes, sino que se empleó a fondo. ¿Y qué ha hecho el estado? Presentarla como ejemplo de madre preocupada por su hijo. ¿Por qué? Muy sencillo, porque en esta ocasión servía a los intereses de la ideología progre-estatal.

La democracia denomina “madre coraje” a una negra que zurra a su hijo a la vista de todo el mundo, pero no le otorga el mismo tratamiento a la madre que protege a sus hijos decidiendo una educación alejada de las inmoralidades y perversiones que el estado ha impuesto en la sociedad; precisamente, para evitar lo que la negra quiso corregir.

Llaman protección a la infancia, pero quieren decir formación de futuros vasallos.

* * * * *

Posteriormente, los Servicios de Protección de Menores abrieron una investigación contra la madre de seis menores. Como es habitual en las familias negras, el padre está completamente ausente. O, mejor dicho, los padres. Pues parece dudoso que sean del mismo. La madre, soltera, puede así coleccionar más “ayudas a la familia”.

Fuentes:

Kentucky cops invade home without warrant, kidnap children, brutalize pregnant mom, all from anonymous complaint

Toya Graham, ¿de ”madre del año” a villana?

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